Programa Erasmus a través de los ojos de los jóvenes

, de Ana Calatayud Márquez

Programa Erasmus a través de los ojos de los jóvenes
Créditos: Vasily Koloda via Unsplash

De entre todas las políticas llevadas a cabo dentro de la Unión Europea, sin duda el programa ERASMUS es el que más pilla de cerca a los jóvenes europeos, más concretamente a los estudiantes. El programa mencionado, cuyo nombre corresponde a las siglas de Plan de Acción de la Comunidad Europea para la Movilidad de Estudiantes Universitarios (en inglés European Region Action Scheme for the Mobility of University Students), es un plan de organización entre diversas administraciones públicas que facilita y propicia la movilidad académica de estudiantes universitarios o de grado medio y superior entre los Estados miembros del proyecto, en este caso, los Estados miembros del Espacio Económico Europeo, Turquía, Suiza y Macedonia del Norte. No obstante, a pesar del innegable impacto que ha tenido este proyecto desde 1987, mejorando la relación entre ciudadanos de diferentes países de la Unión, así como el entendimiento mutuo, aún queda un largo camino de mejoras en las áreas que impiden el progreso de este intercambio cultural y lingüístico.

Como primera fuente que frena el intercambio académico encontramos el gran enemigo de los estudiantes que aspiran a participar en el programa: las convalidaciones. El mayor miedo al embarcarse en una aventura como la que ofrecen las becas ERASMUS no es, desgraciadamente, los problemas de adaptación a la nueva cultura, gastronomía o lengua; los estudiantes temen no convalidar sus asignaturas y perder un semestre o incluso un año. Esta falta de seguridad hace dudar a muchos y, a otros tantos los hace cambiar de idea y quedarse en sus universidades de origen. Por si fuera poco, los estudiantes que sí deciden aventurarse se encuentran con una absoluta pesadilla a la hora de organizarse los horarios y, claramente, encajar convalidaciones. A pesar de la existencia de un cuerpo de coordinadores que asisten a cada participante individualmente, su ayuda se centra solamente en dar el visto bueno a las asignaturas elegidas. El estudiante, por otro lado, debe buscar por su cuenta asignaturas parecidas a las que debería cursar y esperar al veredicto de los coordinadores. Por esto, sería conveniente una mejora en el sistema de convalidaciones, primeramente, sistematizando las equivalencias de asignaturas entre universidades para facilitar el trabajo a los estudiantes y, de la misma manera, a los coordinadores. Además, un aumento en la posibilidad de convalidaciones entre asignaturas incrementaría la participación en el proyecto, ya que el intercambio sería mucho más rentable para muchos estudiantes gracias a una cantidad superior de créditos conseguidos.

Otro aspecto del que el programa ERASMUS carece es, sin duda, de una inmersión más profunda en los países de acogida. La idea del proyecto es, ante todo, fomentar la cooperación y el intercambio cultural entre jóvenes europeos, pero, en muchas ocasiones, los estudiantes no llegan a conocer las tradiciones ni incluso un mínimo de la lengua del país donde viven su experiencia. Esto se debe al gran número de estudiantes ERASMUS que se encuentran alrededor de las universidades del mundo y que impiden en muchas ocasiones la interacción con nativos, pues los estudiantes de intercambio tienden a relacionarse entre ellos. De esta forma, para maximizar el cumplimiento del objetivo del proyecto, deberían ser las universidades receptoras las encargadas de poner en marcha cursos que permitan a los recién llegados estudiantes internacionales estar en contacto con la lengua, las costumbres y las tradiciones de dicho país. Estos cursos, financiados por el fondo ERASMUS, claro está, deberían ser obligatorios para asegurar esta puesta en contacto estudiante-país de acogida. Similarmente, sería interesante crear proyectos en las universidades participantes del programa para poner en contacto alumnos nativos con alumnos entrantes a través de actividades de interés mutuo. Así pues, complementaría a la inmersión cultural mediante el entendimiento, solidaridad y unión entre los jóvenes de diferentes nacionalidades.

Finalmente, una última cuestión que se podría mejorar está relacionada con el tiempo máximo por grado que se permite dedicar al ERASMUS. El máximo tiempo son doce meses, pero este reduce mucho el número de destinos en los que se puede sumergir un estudiante, pues en promedio, los jóvenes realizan solamente un grado a lo largo de su vida, dándoles opción solamente a realizar doce meses en el extranjero. Una propuesta de mejora es la ampliación del tiempo permitido por grado, pues así aquellos estudiantes motivados que tengan ganas de explorar Europa y toda su diversidad cultural puedan realmente saciar su curiosidad a través de la realización de varios cursos académicos fuera de su país de origen.

Una vez expuestas las propuestas, se espera la máxima difusión para hacerse llegar a las grandes instituciones europeas y de este modo, ser incluidas en los programas de los próximos años. En especial, este 2022, Año Europeo de la Juventud, se deberían considerar nuevas reformas a programas destinados a los jóvenes y que mejor manera de progresar en estos proyectos que escuchando a los propios jóvenes.

Este artículo forma parte de la iniciativa conmemorativa del 9 de mayo de El Europeísta, según la cual se pretendía dar una mayor voz a los jóvenes en el proceso de la Conferencia sobre el Futuro de Europa. Asimismo, nuestros redactores han elaborado artículos con sus propuestas para mejorar el proyecto europeo, coincidiendo con la celebración del Año Europeo de la Juventud.

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